lunes, 31 de marzo de 2008

Romper la catarsis



Creyó escuchar el sonido de las llaves en la puerta, el dulce de los limones cortados se podían oler desde cualquier rincón de la terraza, pero sólo era el ruido confuso de las obras de enfrente.

El primer libro que cogió entre sus manos no tenía título y le faltaba la última página, el guión que había escrito años atrás no esta siendo representado, había sido olvidado como cualquiera de esos millones de sueños que acababan siendo proyectos que nunca cumplía.

Estaba paseando por las vías del tren esa tarde, cogiendo las sonrisas de la gente que se despedía sin querer, sin ninguna intención de marcharse del todo, allí es donde comprendió su necesidad de estar parada en muchos sitios a la vez, en muchos rincones cada cual más diferente, para que nada le hiciese recordar el anterior y así no sentir nostalgia.

Solía tender en un pequeño patio dentro de la casa, se mojaba las manos cuando no podía parar de mirar las grietas de las paredes causadas por la edad y el descuido.

Los domingos su razón perdía la paciencia e impaciente acababa acostando a la ansiedad en cualquier parque, cantaba canciones inventadas de las cuales mañana no se acordaría, desentonaba y eso le gustaba. Por la noche los ladridos despertaban a los vecinos de cualquier depresión.

Utilizaba los pinceles del maquillaje para extender el grafito en sus dibujos. Para al final de los caminos esperando encontrar alguna cuesta gigantesca que obligue a subir del todo y no parar, un mundo ajeno, al que le falta pintura y algo más de humildad. Vértigo.

Las cosas que duran mucho tiempo son insoportables, acaban llenando el estómago de ganas de conseguir siempre algo más, algo que esa duración programada no tiene, como siempre, como siempre.

Jugaba al juego de los independientes, al juego de no necesitar lo necesario, lo imprescindible, jugaba a mantener a su cuerpo en un constante baile frenético, en un continuo debate inventado lleno de por qués, sin medidas. Escupir a lo limitado, darle una patada en el culo a lo inexistente.

Si se tira en el suelo, mueve los brazos con golpes poco rítmicos imitando a algún animal inventado en el mundo ilógico de su boca, sintiendo la inmensidad del océano, la inmensidad de su no libertad frunciendo una mueca de contento controlado.

El mundo se acaba cuando empiezas a andar.

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