
Toco el teclado de forma lenta, como si mis manos fuesen las de un pianista famoso o las de una niña débil y delicada que con el menor roce brusco se pudiese hacer daño, me imagino que las teclas del ordenador son las teclas de un piano y que sus palabras son música. Me imagino en cada ruidoso y metódico tecleo un latido, que hace que todo se paralice bruscamente, sin compasión, sin ser algo premeditado.
El olor de las noches de escapada me rizan el pelo, me revelan, me convierten en una especie de anciana melancólica, angustiada por el paso del tiempo. En un mártir.
Convierto las tormentas y el olor a manzana edulcorada en arrugas, en paseos de pasada que al ser recordados me aprietan como si llevase dentro un gran bicho apretándome el coxis mientras cientos de pensamientos me susurran al oído que no deje de vivir.
Sin echar de menos a nadie, con la estúpida sensación de haber pendido algo, sin saber el qué, dicen que cuanto más rápido escribes más sincera estás siendo porque no es algo en lo que tengas que pararte a pensar, simplemente fluye, pues bien, yo tecleo a la velocidad del rayo.
Si ahora tuviese un espejo enfrente mía me confundiría con una secretaria de oficina, vestida de negro, como de luto eterno, con los ojos cansados y la nariz pegada a la pantalla del ordenador, pero sobretodo por el tecleo, esa maldita música que crean mis dedos al chocar contra el plástico, parecido a un chasqueo.
El olor a manzana me vuelve loca, indudablemente me dejo llevar por los recuerdos.
Me he cansado de todo lo corriente, del café caliente, de las mañanas durmiendo, me cansan los sabores repetitivos, empecé a odiar el kepchup. Y de lo que tengo ganas es de tirarme al aire y beberme todos los charcos del mar:
- ¿Le apetece hablar?
- Sí, por supuesto, pero sólo de tonterías, hágame usted ese favor.
- Of cours
Los días sin risas son días perdidos, no puedo permitirme el lujo de seguir perdiendo más, no, no puedo.
El olor de las noches de escapada me rizan el pelo, me revelan, me convierten en una especie de anciana melancólica, angustiada por el paso del tiempo. En un mártir.
Convierto las tormentas y el olor a manzana edulcorada en arrugas, en paseos de pasada que al ser recordados me aprietan como si llevase dentro un gran bicho apretándome el coxis mientras cientos de pensamientos me susurran al oído que no deje de vivir.
Sin echar de menos a nadie, con la estúpida sensación de haber pendido algo, sin saber el qué, dicen que cuanto más rápido escribes más sincera estás siendo porque no es algo en lo que tengas que pararte a pensar, simplemente fluye, pues bien, yo tecleo a la velocidad del rayo.
Si ahora tuviese un espejo enfrente mía me confundiría con una secretaria de oficina, vestida de negro, como de luto eterno, con los ojos cansados y la nariz pegada a la pantalla del ordenador, pero sobretodo por el tecleo, esa maldita música que crean mis dedos al chocar contra el plástico, parecido a un chasqueo.
El olor a manzana me vuelve loca, indudablemente me dejo llevar por los recuerdos.
Me he cansado de todo lo corriente, del café caliente, de las mañanas durmiendo, me cansan los sabores repetitivos, empecé a odiar el kepchup. Y de lo que tengo ganas es de tirarme al aire y beberme todos los charcos del mar:
- ¿Le apetece hablar?
- Sí, por supuesto, pero sólo de tonterías, hágame usted ese favor.
- Of cours
Los días sin risas son días perdidos, no puedo permitirme el lujo de seguir perdiendo más, no, no puedo.
La estúpida e insaciable Mona Lisa.

1 comentario:
Tus versos son los latidos que una noche sin luna se me escaparon.
Publicar un comentario